A veces llegamos a ése punto de no poder más. De llegar a ése instante en el que nuestro cerebro, nuestro pecho, nuestras piernas... Todo nuestro ser va a reventar.
Sentimos las palpitaciones de nuestro pulso acelerado por la incapacidad y la frustración que rodean nuestra vida cómo enredadera enreda una pared. Nos agobiamos.
Queremos gritar. Pero no hay sonido alguno.
Y es porque en el fondo sabemos que gritar no valdrá de nada, que llorar no ayudará a vaciar el peso que cargamos a las espaldas.
Cada cuál tiene su cruz, sus problemas.
Por éso sabemos que nadie puede sacarnos nuestras castañas del fuego.
Por éso nos levantamos, nos lamemos las heridas y seguimos adelante.
Porque gritar y llorar no valdrá de nada, pero luchar es la forma en la que podremos volver a alzar nuestras alas.
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