lunes, 12 de septiembre de 2016

Diarios de un Fugitivo Nocturno: Primero mueven blancas.(PCPIO CAPITULO 1)

Diarios de un Fugitivo Nocturno: Primero mueven blancas.




Capítulo 1- Coincidencias.


“Bip-bip-bip-bip, bip-bip-bip-bip, bip-bip-bip-bip…”
<¡Maldito despertador!>- pensé. Ya eran las diez, la luna brillaba en el cielo.
Hacía una noche estupenda para ser finales de Diciembre.
< En tan sólo unos días empezarán las vacaciones de Navidad y Carlisle vendrá Múnich a verme> me dije. En comparación a dónde me crié en Londres, mi casa victoriana no era nada, pero al menos estaba a las afueras de la ciudad, lo cual permitía que tuviese la libertad que tanto ansiaba. Además a Carlisle también le gustaba salir de la ciudad de vez en cuando. La verdad, es que todavía no llegaba a comprender cómo podía seguir residiendo en la casa familiar.
Cierto es que las modernizaciones y las gestiones de las antiguas empresas de mi padre nos permitían a Carlisle y a mí mantener un nivel económico tan desorbitado que podíamos permitirnos vivir gastando en caprichos, pero encapricharse de una antigua casa que necesita constantes reparos me parece ostentoso.
No es que si vendiésemos o careciésemos de las empresas de mi familia nos hubiéramos arruinado, Carlisle podría vivir perfectamente de su labor cómo reputado historiador; y Amma y yo de mis galerías de artes (que me concedían altos ingresos), de los libros que iba publicando de vez en cuando y de mi labor en la Sinfónica de Múnich.
La verdad es que si algún día me plantease procrear… podría hacer una gran familia sin ver afectado mi presupuesto, pero creo que Amma sí se vería mentalmente afectada. No creo que diera abasto con una casa tan llena de gente, y yo no concebiría mi vida sin ella. Llevábamos tanto tiempo juntas…había hecho de Amma, mi compañera. No era nada romántico ni sexual. Necesitaba a Amma para todo. Desde que vi cómo Carlisle cambiaba mi vida, tuve la necesidad de cambiar la de Amma con la mía.
Aquélla señora regordeta, bajita y con una cara de pan adornada por mechones rizos y grisáceos que le tapaban a veces ésos ojos color miel, era mía. Y así iba a ser para siempre. Por ahora Mary Anne Mckenzie, que así se llamaba en realidad, sólo era mi necesaria, útil y apreciada compañera. Y ésta misma fue la que interrumpió mis pensamientos llamando a la puerta.
-       Dime Amma.
-       Buenas noches señorita Sarah, le hago saber que el señor Wagner ha llamado hará media hora.
-       ¿Era urgente?
-       No lo creo señorita, de lo contrario hubiera mandado que la despertase. Sin embargo el señor consideró que era lo suficientemente importante como para dejarle un recado. Dijo que le llamase de inmediato ya que el asunto sólo podría tratarlo con usted. Aunque cómo siempre, tuvo el tiempo y la amabilidad de preguntar cómo estábamos todos y qué planes teníamos para éstas navidades. Dijo que él se oponía rotundamente a …
-       Ya lo discutiremos Amma, gracias. ¿Podrías preparar el coche? Quiero ir al club.
-       Señorita Sarah, el coche sigue en el taller.
-       Bien, pues llama a un taxi. Lo quiero aquí en media hora, voy a vestirme.

Tan sólo unos minutos después, ya había peinado mi larga melena negra con la ralla al medio y unas ondulaciones en los mechones superiores y las puntas. Me había maquillado mi piel traslúcida, mis rosados labios carnosos y mis grandes ojos azules de forma superficial. Me había enfundado, para lucir mi perfecto y ardiente físico, en un corto vestido negro con escote de corazón a juego con las medias y las largas botas de tacón de aguja del mismo color.
Tras considerarme preparada, llamé a Amma para que me alimentara (<Menos mal que ella también es bajita > recuerdo que era un pensamiento que me venía a menudo en aquél momento), y me dispuse a localizar a Carlisle.
Lo llegué a llamar al menos veinte veces antes de que llegara el taxi, pero no hubo respuesta.
En fin, ya me llamaría él cuándo lo considerase oportuno. En éste momento, yo , tenía cosas mejores que hacer.
Me subí al taxi y sin mirar tan si quiera a aquél apestoso conductor, le indiqué la dirección y le insté a darse la mayor prisa posible.
De camino me sonó el móvil, era un número privado. No solía coger los números privados, pero dada las pocas y privilegiadas almas que tienen mi móvil personal y la insistencia de las llamadas, a la quinta llamada cogí el teléfono presuponiendo que sólo podía tratarse de una persona.
-¿Diga?
-¿Sarah?-sonó una voz muy entrecortada que no llegué a reconocer entre las interferencias.
- ¿Quién es?
- Soy yo, Sarah.
- Oh, hola, ¿qué tal?
- No hay tiempo, llamo por Carlisle.
- ¿Qué ocurre?
-  Mira, no responde. Me dijiste que te avisara si ocurría cualquier cosa, que no te mantuviese al margen. Así que… no sé si él tenía pensado viajar hoy a Múnich o te lo iba a encargar a ti; pero necesito que alguien me asegure que va a ir.
-¿Que va a ir a dónde?
- No tengo tiempo ni por qué explicarte nada, sin embargo lo haré. Pero ahora sin preguntas.
- De acuerdo.
- Alguien debe reunirse con el señor Fénix hoy.
- ¿El primogénito de vuestro amigo Frank Jhonson?
- He dicho que sin preguntas niñata insolente, pero así es.- hizo una breve pausa y suspiró antes de continuar- Debes verte con él hoy a las once en el club Shazam, con suerte Carlisle también asistirá.

Colgó.
-       Rumbo a la plaza del Ángel.- le dije al taxista.


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Cuando llegué a aquél tugurio de mala muerte, no percibí ni rastro de Carlisle, y no tenía ni idea de qué aspecto tendría el señor Fénix.

-       ¿Sarah? – me giré. Era un hombre que aparentaba cercano, o ya entrado, a la treintena; alto, corpulento y musculado, demasiado musculado en mi opinión. Tenía los ojos verdes y el pelo negro, cortado sin más dejando sus pelos rebeldes caer allí dónde querían. También llevaba barba de dos días y una perilla peinada igual que su pelo. Era un desaliñado, un desarrapado, un pordiosero. Me daba náuseas mirarlo. Vestía unos vaqueros rotos, viejos y desgastados, unos tenis que daba pena mirar y una camiseta negra de manga corta tan ceñida que podría pasar perfectamente dentro de un club de alterne.- Soy Markus, Markus Fénix.- le dirigí una mirada asesina antes de responderle.
-       Primero, para usted soy la señorita Darling. Segundo, ¿qué clase de forma de presentarse ante una dama es ésta? – dije mirándole descaradamente de arriba a abajo.
-       Eeemm… sí, claro. ¿Qué tal si nos sentamos y vamos al grano, eh guapa?
-       Por favor, guárdese sus absurdos piropos y sus burdas maneras de encandilar para otra. Estoy aquí para saber qué es lo que quiere exactamente de mí señor Fénix. Quiero saber para qué quería una cita con el patriarca de mi familia.
-       Quiero que invirtáis en mí.
-       ¿Acaso es una broma?
-       No, quiero que me financiéis un arma que ha llegado a mi conocimiento que existe. Dicen que es la posibilidad de aniquilar fácilmente a uno de los nuestros. Rápido, sencillo y eficaz. Por eso es tan jodidamente cara.
-       Repito, por favor tenga modales. Está ante una dama.
-       Bueno, el caso es que necesito que me compres el arma, bonita. No sabes la cantidad de gilipollas que tengo en el punto de mira…
-       ¡Oh, Arkatas…! Os dejáis llevar demasiado fácilmente por vuestro ímpetu. ¿Qué podría obtener yo de esto? Que nuestros “padres” sean amigos, no implica que yo pueda hacerte favores gratis. Soy hermosa, no un paramecio.

Me levanté y me alejé de la mesa con predisposición a salir de aquel antro de mala muerte, a poder ser sin que nadie me tocase o se me acercase demasiado. Iba tan pendiente de evitar que algún estúpido manchase mi vestido, que casi no me doy cuenta de que el móvil estaba sonando. Cogí por inercia, sin pensar, ya que estaba más concentrada en salir de allí y en el hilo de mis pensamientos.

-¿Señorita Darling?
- ¿Quién es?
- Me llamo Andrea Apardha, y quiero hacerle saber que su querido Carlisle está aquí conmigo. Tengo intención de hacerle todo el daño que pueda si se niega a mi petición, así que antes de hacerle mi oferta, quiero que sepa a qué se expone.
-Le escucho.
- Solamente quiero que vuelva usted a su querida Florencia. Creo que es una petición muy fácil y razonable por mantener la seguridad de alguien que le importa ¿no está de acuerdo conmigo?
- Totalmente.
-Tiene una semana antes de que empiece a divertirme señorita Darling.

Colgó el teléfono.
<¿Ir a Florencia? ¿Sin protección?>
Volví en dirección opuesta y dispuesta a entrar de nuevo en aquél apestoso bar en busca del señor Fénix.
Pero me crucé de bruces con él en la puerta. Él, al verme, colgó a la persona con la que estaba hablando por el móvil.
-       ¿Otra vez aquí, muñeca?
-       ¿Qué clase de falta de respeto es ésa?
-       Oh, vamos no te hagas la dura. Sé que has vuelto porque te gusto. ¡Mira, si te has puesto roja y todo!
-       ¿Gustarme? ¿Tú a mí? ¡Por favor, si eres un sucio ordinario! Antes besaría a un repugnante insecto.
-       Sí, un sucio ordinario al que quieres tirarte.
-       ¡Oh, por favor! ¡Olvídeme!
-       Cómo quieras culito sexy, ya volverás.
-       ¿Perdona? – le miré, no sin antes usar mis dones, de forma que no pudiera volver a abrir la boca. – No oses volver a faltarme al respeto.- le siseé.

Me di media vuelta y me fui. Pero otra vez, el señor Fénix corrió para ponerse en medio.
-       ¿Qué quiere ahora, impertinente?
-       Necesito tu ayuda, Sarita.
-       Pues si necesita mi ayuda, deje de llamarme ‘Sarita’ y tráteme con respeto. No olvide que soy una dama.
-       Cómo quieras, ya caerás. Pero deja de hablarme de usted, no me pone nada.
-       ¿Perdone?
-       Nada, nada.
-       Señor Fénix, si quiere continuar hablando conmigo, me temo que tendrá que ser en otro lugar. No me gustan los sitios con olor a orina. Así que si quiere hablar de lo que usted necesita, salgamos de aquí.
-       Perfecto, total si vas a ayudarme que más me da a mí dónde…
-       Todavía no he dicho que sí- sonreí.
-       ¡Dios mío! ¿Éso ha sido una risita? – lo miré mal. – Venga, en serio, tengo que ir Florencia y cargarme a unos cuántos bastardos. Me reuní contigo porque pensé que me llevarías con Carlisle y que él me ayudaría.
-       ¿Por qué iba a ayudarte?- pregunté una vez nos alejamos de la entrada de aquél horrible bar.
-       Johnson ha desaparecido. Necesito ir a Florencia porque los hijos de puta de los Apardha le tienen allí retenido. Mira lo he intentado, ¿vale? Pero no he podido conseguir ni los billetes, ni contactos, ni reservas de alimento…¡Nada! De verdad necesito que Carlisle me ayude.
-       Carlisle no va a venir por aquí. Tiene previsto un viaje a Tanzania por motivos laborales – mentí.
-       ¡Mierda!
-       No te precipites tanto, Arkata, da la casualidad de que yo voy a viajar a Florencia ésta semana.
-       ¿Me ayudarás?
-       Depende de lo que me cuentes y de si me resultarás útil.

Descubrí que Markus había intentado robar sangre del hospital, e incluso comprar un par de ésos corazones del mercado negro que dicen que viene bañados en la sangre de su propio dueño.
También descubrí que había logrado localizar a alguien que podía ayudarnos a saber por qué los Apardha querían a nuestros Creadores. Tal vez ése tal Roxan sabría decirnos cómo traerlos de vuelta sanos y salvos.
Tras escuchar su historia, y una pequeña diferencia de opiniones, Markus y yo acordamos que yo lo ayudaría en el asunto con Frank Johnson y él me ayudaría a mí en mi intención de vigilar a los Apardha en cierta exposición que la hermana de Andrea tenía preparada, entre otras cosas.
Así que colaboraríamos por el momento y , a lo que él respectaba, por la amistad existente entre Frank y Carlisle.

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Finalmente nos encontrábamos frente a las puertas de Wizardmon’s , un club pijo y selectivo de la ciudad. Allí dentro se suponía que estaba nuestro hombre.
Una vez entramos y le encontramos, él ya nos estaba esperando.
Era un hombre extravagante cuánto menos. Lucía una media melena rubia cobriza, lisa y perfectamente peinada bajo el pañuelo negro que adornaba su cabeza por debajo de un sombrero púrpura de pico. También vestía una larga túnica del mismo tono que cerraba abotonada tapando su cara justo por encima de la punta de la nariz. Dejando entrever únicamente sus ojos de color verde esmeralda.
La verdad es que no entendía por qué no llamaba la atención de la gente que estaba a su alrededor, parecía un personaje sacado del Señor de Los Anillos. Llevaba báculo y todo. Y a no ser que estés en una comiccon (lo cuál en mi opinión es de patéticos) está totalmente fuera de lugar el complemento.
Me esforcé en percibir su aura. Era, sin duda alguna un Jipasi. Rastreros y sucios mentirosos. En circunstancias normales, una dama cómo yo ni si quiera miraría a uno de su calaña. Sin embargo le necesitaba para ayudar a mi Creador. Era un caso de extrema emergencia.
Aunque por otra parte, no sabía cuánto tiempo podría aguantar la sonrisa de suficiencia de aquél tipo al mirarme.
<Contrólate> me dije. <Dependemos de éste tío>
-¡Hooooolaaaa, hoooolaaaaa!- dijo cuándo ya estábamos delante de su mesa.- Pero bueeeenooo… ¿qué tenemos aquí? Si es Sarah Ángela Darling.
-¿Quién es usted? Yo no tengo el placer de conocerle tanto.
- Oh, yo. Sólo soy un alma perdida y meditabunda en medio del caos. Un duende de caótica perversión en medio de un mundo pecaminoso, impío. Soy el pecado en medio de un mundo de austeros. Yo, amiga mía soy Roxan, Roxan el Titiritero. Un humilde servidor a vuestros hermosos piés, bella dama.- Hizo una dramática reverencia a mis piés, y luego prosiguió su monólogo.- Yo, quién maneja los secretos de la magia, yo quién puede crear perfectas ilusiones, yo quién gracias a su don desenterró horribles secretos. Yo soy quién va a contrataros.
- ¿Disculpe?
-Te perdono por tener dos hermosos dones. Pero sí, has oído bien. Voy a contrataros. Y yo he oído que debéis ir a territorio Apardha. Y yo digamos que… tengo cierto… llamémosle interés, en eliminar a Andrea.
Además, todos sabemos que queréis a vuestros Creadores. Acabaréis accediendo antes o después.
Entre tanto… tomad, los billetes. Son un obsequio. Igual que éstas entradas para la exposición de la hermana del cabrón de Andrea.
-       Aquí hay tres.
-       Muy observador musculitos.- sus ojos verdes se iluminaron. Parecía terriblemente atractivo pese a no dejar que se le viera toda la cara.- Es por si queréis invitar a alguien. –Sonrió pícaramente.- Dicho esto ¡fuera! Salís mañana por la noche.
Al salir, nos llegó un mensaje de Roxan. “Un último regalo para evitar que me falléis. Me he encargado de conseguiros reservas alimenticias. Podréis recogerlas a las once en el almacén abandonado de la dirección que enviaré al teléfono de Markus. Buena suerte Chiquillos”
Acordamos que Markus sería el encargado de ir a por las reservas mientras yo preparaba lo necesario para el viaje y recaudaba cierta información sobre Andrea y su familia.
Nos encontraríamos a las diez y media de la noche siguiente en mi casa. Y teníamos solo tres horas antes del amanecer. El tiempo se escapaba.

Diarios de un Fugitivo Nocturno: Primero mueven blancas (PROLOGO)



Diarios de un Fugitivo Nocturno:  
Primero mueven blancas.
 

Introducción.


Mi nombre es Sarah Ángela Darling, y nací el 16 de Enero  de 1756.
Mi padre era un magnate cómo diríamos hoy en día y, para el Londres de aquella época, éramos desmesuradamente ricos.
La verdad es que no conocí a mi madre, falleció en el parto. Pero bueno… con los medios de la época y la extremada fragilidad inherente a la raza humana, no es demasiado sorprendente. Aunque debió de sorprender a mi progenitor, pues se deprimió tanto que apenas llegamos a pasar grandes ratos juntos. Pasaba largas temporadas viajando, ya fuera por negocios o por placer, mientras yo me quedaba en casa. Sin embargo, y pese a la carente presencia de unos referentes paternos, la gran fortuna y la posición familiar me hicieron gozar de una niñez plena, lujosa y feliz.
Realmente nunca llegó a importarme que mi progenitor no estuviera en casa, yo nunca estaba sola. Me crié con una ama de llaves que hacía a su vez de niñera, Amma, y que siempre andaba pendiente de mí ; y, a partir de los 3 años, con un tutor, Carlisle, un viejo amigo de mi padre que pese a sus rarezas (que pasaron a ser una constante en la mente al pensar en él), siempre me trató cómo una hija.
Cuándo era pequeña, allá por mi tierna infancia cómo suele decirse, daba por supuesto que Carlisle se trataba de algún tío lejano. Ya entrada en la niñez, cerca de los 7 años, me quedé huérfana, y Carlisle pasó a ser mi tutor legal; por lo que yo empezaba a pensar que su forma de comportarse para conmigo tan sólo se debía al cariño, la amistad y la lealtad hacia mi progenitor. Eso y que tenía un gran interés en fomentar mis claras y recientemente adquiridas aptitudes en Literatura, Pintura y Música.
No obstante, descubrí más tarde que mi tutor no había accedido a tal puesto por mi padre, si no por mí. Llevaba mucho tiempo esperándome (o éso le oí decir en más de una ocasión) y , sobre todo, llevaba mucho tiempo esperando el hecho de poder participar en mi educación. Así que, finalmente, no sé si gracias a él o cómo él esperaba, no sólo me convertí en una joven despierta, inteligente y diestra; si no que , además , era una auténtica belleza.
Con tan sólo quince años, ya era quién ocupaba gran parte del argumento de las páginas de sociedad  y no sólo por mi soltería, si no por mis logros artísticos. Era famosa por ser el miembro más joven aceptado por la sinfónica de Londres, además de haber publicado destacados poemarios desde mis doce años.

Recuerdo que, dos años después de haber sido aceptada en la Sinfónica, Carlisle, cómo un buen padre preocupado por la educación de su brillante hija, instó en que fuera a estudiar Arte y Literatura a la cuna de todo el Arte mundial por aquél entonces, Florencia.
Sin embargo no descubrí el porqué de todas las rarezas de mi tutor hasta que volví a casa al finalizar mis estudios. Recuerdo que fue la noche antes de mi cumpleaños, poco después de mi vuelta, cuándo él me lo contó todo; por qué me esperaba a mí, por qué me quería mí y qué iba a ser yo a partir de entonces, de mi vigésimo cuarto cumpleaños, y todo lo que ello implicaba.