Siento no querer hablar con nadie.
Siento no querer hacer nada.
Siento no querer absolutamente nada.
No puedo.
No tengo fuerzas ni para hacer algo por quién quiero.
No tengo ganas de hablar, ni de que nadie me pregunte cómo estoy... Porque no quiero ni pensar en ello.
No tengo ganas de hacer planes, de jugar, ni si quiera de hablar por teléfono. Sólo quiero no pensar.
Quiero que el silencio se apodere de mi cabeza por un rato. Quiero dejar de oír la mezcla de gritos, lloros y pensamientos sin sentido que se agolpan en mi mente. Sin descanso.
Tan sólo quiero silencio.
Quiero que mis pensamientos se apaguen por un rato. No quiero oír nada de nadie. No quiero que nadie me abrace. Tan sólo quiero... Que se calle el mundo por un rato.
Tan sólo quiero un momento de descanso, de paz.
Un instante dónde no puedan pasar cosas malas, dónde no haya nada que pensar, dónde por un instante... Deje de existir cualquier preocupación y cualquier responsabilidad.
Y no sé cómo obtener éso.
No sé apagar mis pensamientos. No sé apagar el martilleo de mis sienes diciéndome que no pueden más. No sé apagar los pensamientos de ansiedad que especulan continuamente sobre mis preocupaciones.
No sé cómo callar mi cabeza. No sé cómo pausar mi cuerpo.
Tan sólo sé que no puedo escuchar a nadie más. No puedo tener la capacidad de tener una conversación normal... No puedo escuchar nada salvo el barullo que hay montado en mi cabeza. E intentarlo... Sólo me frustra más.
Tampoco sé cómo hablar y soltar ésos pensamientos que se abalanzan sin remedio, sin quererlo. Las palabras se enquistan en la garganta sin poder salir.
Es cómo si mi cuerpo me estuviera pidiendo a gritos que me tomase un respiro, con cada martilleo profundo de mi cabeza. Acompasados a mi acelerada respiración.
Pero mi mente no quiere parar. No quiere dar el descanso que el cuerpo pide. Sigue gritando, llorando, discutiendo entre sí. Pensamientos que se contradicen, pensamientos que hunden, pensamientos que tratan de mantenerse positivos... Demasiados para asimilar o tan si quiera discernir claramente.
Y tan sólo me queda el reflejo voluntario que he adquirido a lo largo de los años. Escribir. Intentar ordenar mis emociones, mis pensamientos... Intentar darle un segundo, aunque sea un pequeño segundo, de calma a mi cuerpo.
Las lágrimas se agolpan mientras escribo. Pero el pulso se nota menos acelerado que cuándo he empezado.
Aunque no he sacado nada en claro... Al menos puedo seguir respirando. Poco a poco. Inhalando hondo.
Lo que sí quiero es pedir disculpas.
A los míos por haberlos decepcionado, fallado, herido... Por haber causado cualquier tipo de daño.
A mí misma... Por haber llegado a éste punto.
Por no haber sabido parar a tiempo con tantas cosas que abarcar. Porque, aún con los años que han pasado, me sigue pudiendo la ansiedad. Me sigue pudiendo el martilleo de la cabeza. Me sigue pudiendo la falta de aire, los mareos... El vacío al que, en el fondo, a veces me quiero retirar.
Quiero pedir perdón por todo éso. A mí y a todos. Porque, aunque no dejaré de mejorar y aprender cada día... Yo también fallo.
Y a veces... Yo también quiero rendirme. Muchas lo he hecho.
Y por éso me disculpo. Por pensar en rendirme. Por haberlo hecho alguna vez.
Pero, también por ello me agradezco. Porque pese a que rendirse es lo más fácil... Aquí sigo escribiendo. Sin rendirme a la oscuridad, sin dejar que mi consciencia me abandone. Por mucho que desee apagarla.
Y me doy las gracias por haber aprendido a controlar los ataques. Porque ahora mismo puedo respirar y el martilleo en las sienes es menos constante.
Pero sobre todo... Le doy gracias a la literatura. Por enseñarme que, para mí, siempre ha sido la mejor cura.