viernes, 10 de mayo de 2024

Carta número 0: Lo siento

Siento no querer hablar con nadie.

Siento no querer hacer nada.

Siento no querer absolutamente nada.

No puedo.

No tengo fuerzas ni para hacer algo por quién quiero.

No tengo ganas de hablar, ni de que nadie me pregunte cómo estoy... Porque no quiero ni pensar en ello.

No tengo ganas de hacer planes, de jugar, ni si quiera de hablar por teléfono. Sólo quiero no pensar.

Quiero que el silencio se apodere de mi cabeza por un rato. Quiero dejar de oír la mezcla de gritos, lloros y pensamientos sin sentido que se agolpan en mi mente. Sin descanso.

Tan sólo quiero silencio.

Quiero que mis pensamientos se apaguen por un rato. No quiero oír nada de nadie. No quiero que nadie me abrace. Tan sólo quiero... Que se calle el mundo por un rato.

Tan sólo quiero un momento de descanso, de paz.

Un instante dónde no puedan pasar cosas malas, dónde no haya nada que pensar, dónde por un instante... Deje de existir cualquier preocupación y cualquier responsabilidad.

Y no sé cómo obtener éso.

No sé apagar mis pensamientos. No sé apagar el martilleo de mis sienes diciéndome que no pueden más. No sé apagar los pensamientos de ansiedad que especulan continuamente sobre mis preocupaciones.

No sé cómo callar mi cabeza. No sé cómo pausar mi cuerpo.

Tan sólo sé que no puedo escuchar a nadie más. No puedo tener la capacidad de tener una conversación normal... No puedo escuchar nada salvo el barullo que hay montado en mi cabeza. E intentarlo... Sólo me frustra más.

Tampoco sé cómo hablar y soltar ésos pensamientos que se abalanzan sin remedio, sin quererlo. Las palabras se enquistan en la garganta sin poder salir.

Es cómo si mi cuerpo me estuviera pidiendo a gritos que me tomase un respiro, con cada martilleo profundo de mi cabeza. Acompasados a mi acelerada respiración.

Pero mi mente no quiere parar. No quiere dar el descanso que el cuerpo pide. Sigue gritando, llorando, discutiendo entre sí. Pensamientos que se contradicen, pensamientos que hunden, pensamientos que tratan de mantenerse positivos... Demasiados para asimilar o tan si quiera discernir claramente.

Y tan sólo me queda el reflejo voluntario que he adquirido a lo largo de los años. Escribir. Intentar ordenar mis emociones, mis pensamientos... Intentar darle un segundo, aunque sea un pequeño segundo, de calma a mi cuerpo.

Las lágrimas se agolpan mientras escribo. Pero el pulso se nota menos acelerado que cuándo he empezado.

Aunque no he sacado nada en claro... Al menos puedo seguir respirando. Poco a poco. Inhalando hondo.

Lo que sí quiero es pedir disculpas.

A los míos por haberlos decepcionado, fallado, herido... Por haber causado cualquier tipo de daño. 

A mí misma... Por haber llegado a éste punto.

Por no haber sabido parar a tiempo con tantas cosas que abarcar. Porque, aún con los años que han pasado, me sigue pudiendo la ansiedad. Me sigue pudiendo el martilleo de la cabeza. Me sigue pudiendo la falta de aire, los mareos... El vacío al que, en el fondo, a veces me quiero retirar.

Quiero pedir perdón por todo éso. A mí y a todos. Porque, aunque no dejaré de mejorar y aprender cada día... Yo también fallo.

Y a veces... Yo también quiero rendirme. Muchas lo he hecho.

Y por éso me disculpo. Por pensar en rendirme. Por haberlo hecho alguna vez.

Pero, también por ello me agradezco. Porque pese a que rendirse es lo más fácil... Aquí sigo escribiendo. Sin rendirme a la oscuridad, sin dejar que mi consciencia me abandone. Por mucho que desee apagarla.

Y me doy las gracias por haber aprendido a controlar los ataques. Porque ahora mismo puedo respirar y el martilleo en las sienes es menos constante.

Pero sobre todo... Le doy gracias a la literatura. Por enseñarme que, para mí, siempre ha sido la mejor cura.

miércoles, 8 de mayo de 2024

Cuentos para no dormir: cuento número 805 - Heridas sin cerrar.

 Tengo la necesidad de soltar todo lo que llevo dentro, sin embargo... No tengo claro por dónde empezar. Tampoco quiero contárselo a nadie, pero al mismo tiempo... Quiero soltarlo a gritos.

Creo que estoy pidiendo auxilio en silencio, mientras me consumo con las palabras aferradas a mi garganta, sin poder salir.

Siento vacío, ganas de llorar, cansancio... Siento enfado, impotencia, rabia... Siento pequeños momentos de felicidad que no alcanzan a compensar todo lo que se ha quedado clavado en mi interior, haciendo yagas en las heridas.

Siento que la última conversación con mi madre necesitaba un abrazo. Que las visitas a mis abuelos son insuficientes. Pero a la vez, el tiempo se escapa sin darme lugar a más. Se escurre, veo cómo se esfuma... Y sólo puedo correr detrás.

Siento que nunca seré ésa persona de la que nadie se sienta orgullosa, ni ése tipo de persona que a nadie le gustaría perder. Pero a la vez... Intento ser mejor todos los días. Sólo que veo que jamás será suficiente.

Siento que he dado demasiado de mí por personas que sólo me han utilizado. Que he dañado a personas que realmente he llegado a querer sin igual. Siento que por mucho que me esfuerzo... Las amistades con las que siempre he soñado jamás serán tal.

Siento que todo el mundo se va. 

Y siento que es cosa mía. Pero tampoco sé qué debo mejorar. Qué debo cambiar.

Entiendo que todos tienen sus vidas, que a veces el tiempo nos aleja... Pero veo que la única que sigue pensando en los recuerdos que ha atesorado... He sido yo.

Es cómo si los demás hubieran olvidado los momentos, las risas, las lecciones. Me da la sensación de que retengo tantos detalles de antes, de ahora... Y los que vendrán. Que no soy capaz de eliminar el dolor de algunos recuerdos. Y sin embargo, veo que otras personas hasta son capaces de dejar de recordar los buenos momentos. Los aciertos, los abrazos, los besos... 

Siento que algo en mí simplemente está mal. Quizás los conceptos, las esperanzas, la moralidad. Quizás me he dejado llevar demasiado por la literatura y los sueños que me hicieron tener. Y me he perdido la vida por el camino.

Quizás he querido amar con tal intensidad, que nunca he aprendido a hacerlo.

Quizás buscaba tanto una conexión que jamás pude conectar.

Sólo sé que siento que nadie pueda estar orgulloso de tenerme. Que nadie, en toda mi vida, me haya querido conservar para siempre.

Siento que la soledad me ahoga por dentro. Incluso en los pequeños momentos de felicidad.

domingo, 21 de abril de 2024

Carta número: 22424 - Poco se habla

 Poco se habla de lo complicado que es mantener cierto nivel de planes con los amigos alrededor de la treintena.

Todos tienen horarios diferentes de trabajos. Rutinas distintas, estilos de vida varios.

Algunos, ya son padres. Otros siguen viviendo en el instituto, cómo si los años no hubieran pasado. Y unos pocos, están en tierra de nadie.

Mientras unos viven entre cenas , fiestas y viajes; otros viven haciendo malabares para llevar a sus hijos a sus actividades. Y los últimos...Sin hijos, pero con responsabilidades. Sin ganas de fiestas locas, pero con ganas de planes. 


Poco se comenta lo difícil que es mantener el poder verse cuándo algunos se van a trabajar lejos, cuándo otros se mudan a otro lugar.

Cuándo las conversaciones telefónicas ya parecen escasear.

Cuándo necesitas quedar con alguien por la tarde a desconectar... Y tus amigos de siempre... No pueden quedar.


¿Y cómo se hacen amigos nuevos entonces? Con responsabilidades y estilo de vida parecido al tuyo.

Con ganas de ir a la playa, de noches de juegos de mesa, viajes... ¿Cómo conoces gente con la que sí puedas verte y hacer ésos planes?

Con la edad, ya no es igual de fácil hacer amigos.

Ya no es tan sencillo confiar en otras personas, tienes tu círculo de confianza hecho (por muy poco que los veas). Ya no es tan sencillo conocer gente nueva con la que puedas conectar. Ni si quiera hay medios fáciles por los que poder interactuar (por favor no me mencionéis aplicaciones dónde se busca de todo menos amistad). 

Así que a tus amigos de siempre, tienes complicado verlos... Pero más complicado lo tienes para hacer amigos nuevos.


Quieres conocer gente, pero no sabes cómo.

Quieres ver a los de siempre, pero normalmente ni si quiera podéis veros todos.


Así nos encontramos en la encrucijada, de querer conocer gente nueva para ver si todavía quedan personas con las que encajas. Pero a ésta edad, las cosas son complicadas. Así que, te conformas y te acabas quedando en casa preguntándote: "¿Entonces cómo se hacen nuevos amigos a ésta edad?"

Carta sin número: La despedida que se quedó en la garganta.

Duele ver, que una persona llegue a llamarte "hermana" y luego simplemente se olvide de ti.

Duele ver que has estado en malas, en peores, hasta cuándo te ha dejado sola.

Duele ver que has secado lágrimas, provocado sonrisas en días grises... Y que nada de éso ha tenido ningún tipo de valor.

No entiendo cómo, después de todo lo que tú pasaste; lo sola que te sentiste, lo abandonada que te sentías... Me lo hicieras tú a mí.

Yo me quedé para cuidarte, para hacerte ver que jamás ibas a quedarte sola mientras yo estuviera. Que podría ser tu hombro para llorar y la espalda contra la que partirte de risa.

Me quedé. 

Me quedé pese a que, antes de que todos te dejasen sola, tú me hubieras abandonado a mí.

Me quedé, pese a que cuándo nadie te decía que te iban a hacer daño y yo sí, tú te enfadaste conmigo.

Me quedé pese a que me decías cosas que me hacían sentir mala por sólo poder sacar un día a la semana de tiempo.

Me quedé pese a que jamás curaste las heridas que hiciste.

Me quedé, incluso cuándo llevabas meses dónde ya me habías abandonado.

Incluso traté de recuperar lo que teníamos. Por aquello que tanto luché. Porque sabes qué? Yo sí te quería.

Te lo dije, llorando.

Te expliqué cómo me sentaba pasar de que me dijeras que te tenía abandonada cuándo mi trabajo y mi vida personal solo me dejaban dedicarte una tarde a la semana. Pero me esforzaba para poder darte ésa tarde. Y tú seguías diciéndome que te abandonaba.

Sin embargo... Tú si me dejaste en el abandono.

Tú te fuiste durante un año. Pese a que yo seguía esforzándome porque no te fueras del todo.

Encontraste pareja, sus amigos se hicieron los tuyos 

Y ahí te diste cuenta que, de nuevo, ya no me necesitabas.

Y éso era genial. Me sentía feliz por ti 

Hasta que vi que me abandonabas.

Sólo me quisiste mientras no tenías nada.

En cuánto tuviste otras personas... Yo fui olvidada.

Tus amigos te dejaron sola, yo te incluí en mis amistades.

Pero tú encontraste nuevos amigos, nueva pareja... Y decidiste que tú no ibas a incluirme, preferiste abandonarme.

No tuviste la decencia ni de darme explicaciones. Es más, me manipulaste para que yo fuera a hablar contigo antes de venir a hacerlo tú.

Metiste a los demás en la conversación.

Hiciste de todo por no reconocer el daño que habías provocado.

Preferiste huir que dar la cara.

Lo que fuimos... No vale para ti ni el mínimo respeto que yo pensaba.

Nunca te importó nada de lo que fuimos. Porque para ti, no fuimos nada.