domingo, 2 de abril de 2023

Los cuatro minutos eternos.

 Hacía tiempo que no sentía ésto.

Que un segundo no me duraba horas.

Que un minuto no se me hacía una tortura eterna.

He recordado la pérdida. El miedo.

Sentía cómo el agobio se me comía por dentro.

Le llamaba a gritos.

Una y otra vez.

Pero no venía.

La respiración empezaba a hacerse pesada.

Las lágrimas acompañaron a los gritos.

El horror empezó a dejar volar su imaginación de la peor manera.

Siempre venía al momento. Pero le estaba gritando... Y no acudía a la llamada.


La vista se me nublaba, amenazando con abandonarme del todo.

Pero no iba a permitir que me ganase.

Era una batalla contra mí misma.

Seguí buscando, a gritos, entre lágrimas.

Cada vez el aire me oprimía más, estrujándome el corazón.

Me iba a caer al vacío..

Pero no podía caer. Tenía que encontrarlo.


La desesperación se apoderaba de mi cabeza.

Los matojos se me clavaban por todas partes.

Pero aún no le había encontrado.


De pronto, levanté la vista. Ahí estaba. Al otro lado de las silvas. Meneando su cola.

Corrí clavándome más las espinas. Corriendo a buscar su abrazo.

Tenía una pata enrededada. Una espinita clavada. Pero sin heridas. Aunque quizás por éso se habría retrasado.

Rompí a llorar de angustia. Dejando que saliera fuera.

Y él me consoló. Me consoló cómo sólo él sabe hacerlo.


Y todo se quedó en un susto.

Sin embargo la angustia, el dolor y los recuerdos... Me acompañaron en el camino de vuelta.


Cuándo llegamos, rompí a llorar otra vez. Y él volvió a consolarme. Dejé ir la ansiedad bajo el agua caliente. Por el desagüe.

Tenía que sacarme el mal cuerpo.

Y él estaba ahí, esperando a que tirase mis demonios fuera.

No hay comentarios:

Publicar un comentario